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Decenario
del Espíritu Santo
A
los cuarenta días de la resurrección gloriosa, Jesucristo
asciende al cielo por su propio poder, ante la mirada de los apóstoles,
no sin antes prometerles que les enviara el Espíritu Santo, que
les confirmará en todo cuanto Él les ha enseñado.
Los Apóstoles permanecerán en Jerusalén, en oración
junto a María, en la espera de la venida del Espíritu
Santo prometido por Jesús. Esta espera de diez días constituye
la primera oración de la Iglesia, preparándose para una
gran solemnidad.
Oración
Preparatoria
Oh Dios, que por el misterio de Pentecostés, santificas a tu
Iglesia, extendida por todas las naciones, derrama los dones de tu Espíritu
sobre todo los confines de la tierra y no dejes de realizar hoy, en
el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste
en los comienzos de la predicación evangélica. Por Jesucristo
Nuestro Señor. Amén.
Día
1
Los Hechos de los Apóstoles, al narrarnos los acontecimientos
de aquel día de Pentecostés en el que el Espíritu
Santo descendió en forma de lenguas de fuego sobre los discípulos
de Nuestro Señor, nos hacen asistir a la gran manifestación
del poder de Dios, con el que la Iglesia inicio su camino entre las
naciones. (...)
Los discípulos, que ya eran testigos de la gloria del Resucitado,
experimentaron en sí la fuerza del Espíritu Santo: sus
inteligencias y sus corazones se abrieron a una luz nueva. (...) El
Espíritu Santo, que es espíritu de fortaleza, los ha hecho
firmes, seguros, audaces.
Oh, Dios,
tu que al principio creaste el cielo y la tierra y, al llegar el momento
culminante, recapitulaste en Cristo todas las cosas, por tú Espíritu
renueva la faz de la tierra y conduce los hombres a la salvación.
Día
2
La fuerza y el poder de Dios iluminan la faz de la tierra. El Espíritu
Santo continúa asistiendo a la Iglesia de Cristo, para que sea
-siempre y en todo- signo levantado ante las naciones, que anuncia a
la humanidad la benevolencia y el amor de Dios. Por grandes que sean
nuestras limitaciones, los hombres podemos mirar con confianza a los
cielos y sentirnos llenos de alegría: Dios nos ama y nos libra
de nuestros pecados. La presencia y la acción el Espíritu
Santo en la Iglesia son la prenda y la anticipación de la felicidad
eterna, de esa alegría y de esa paz que Dios nos depara.
Oh, Dios,
ilumina a todos los hombres con la luz de tu Espíritu y disipa
las tinieblas de nuestro mundo, para que el odio se convierta en amor,
el sufrimiento en gozo y la guerra en paz.
Día
3
La acción del Espíritu Santo puede pasarnos inadvertida,
porque Dios no nos da a conocer sus planes y porque el pecado del hombre
enturbia y oscurece los dones divinos. Pero la fe nos recuerda que el
Señor obra constantemente: es Él quien nos ha creado y
nos mantiene en el ser; quien, con su gracia, conduce la creación
entera hacia la libertad de la gloria de los hijos de Dios.
Por eso, la tradición cristiana ha resumido la actitud que debemos
adoptar ante el Espíritu Santo en un sólo concepto: docilidad.
Oh, Dios,
fecunda al mundo con tu Espíritu, agua viva, que mana del costado
de Cristo, para que la tierra entera se vea libre de las espinas de
todo mal.
Día
4
Ser sensibles a lo que el Espíritu divino promueve a nuestro
alrededor y en nosotros mismos; a los carismas que distribuye, a los
movimientos e instituciones que suscita, a los afectos y decisiones
que hace nacer en nuestro corazón. El Espíritu Santo realiza
en el mundo las obras de Dios: es -como dice el himno litúrgico-
dador de las gracias, luz de los corazones, huésped del alma,
descanso en el trabajo, consuelo en el llanto. Sin su ayuda nada hay
en el hombre que sea inocente y valioso, pues es Él quien lava
lo manchado, quien cura lo enfermo, quien enciende lo que está
frío, quien endereza lo extraviado, quien conduce a los hombres
hacia el puerto de la salvación y del gozo eterno.
Señor
Jesús, que, elevado en la cruz hiciste que manaran torrentes
de agua viva de tu costado, envíanos tu Espíritu Santo,
fuente de vida.
Día
5
Los cristianos llevamos los grandes tesoros de la gracia en vasos de
barro; Dios ha confiado sus dones a la frágil y débil
libertad humana y, aunque la fuerza del Señor ciertamente nos
asiste, nuestra concupiscencia, nuestra comodidad y nuestro orgullo
la rechazan a veces y nos llevan a caer en pecado.
Lo más importante en la Iglesia no es ver cómo respondemos
los hombres, sino ver lo que hace Dios. La Iglesia es eso; Cristo presente
entre nosotros; Dios que viene hacia la humanidad para salvarla, llamándonos
con su revelación, santificándonos con su gracia, sosteniéndonos
con su ayuda constante, en los pequeños y en los grandes combates
de la vida diaria.
Señor
Jesús, que glorificado por la diestra de Dios, derramaste sobre
tus discípulos el Espíritu, envía este mismo Espíritu
al mundo para que cree un mundo nuevo.
Día 6
Entre los dones del Espíritu Santo, diría que hay uno
del que tenemos especial necesidad todos los cristianos; el don de sabiduría
que, al hacernos conocer y gustar de Dios, nos coloca en condiciones
de poder juzgar con verdad sobre las situaciones y las cosas de esta
vida. (...)
La fe cristiana no achica el ánimo, ni cercena los impulsos nobles
del alma, puesto que los agranda, al revelar su verdadero y más
auténtico sentido: no estamos destinados a una felicidad cualquiera,
porque hemos sido llamados a penetrar en la intimidad divina, a conocer
y amar a Dios Padre, a Dios Hijo y a Dios Espíritu Santo y, en
la Trinidad y en la Unidad de Dios, a todos los ángeles y a todos
los hombres.
Señor
Jesús, que, por el Espíritu Santo diste a los Apóstoles
el poder de perdonar los pecados, destruye el pecado en el mundo.
Día 7
Hemos de vivir de fe, de crecer en la fe, hasta que se pueda decir de
cada uno de nosotros, de cada cristiano, lo que escribía hace
siglos, San Basilio, uno de los grandes doctores de la Iglesia oriental:
de la misma manera que los cuerpos trasparentes y nítidos, al
recibir los rayos de luz, se vuelven resplandecientes e irradian brillo,
las almas que son llevadas por el Espíritu Santo se vuelven también
ellas espirituales y llevan a los demás la luz de la gracia.
Del Espíritu Santo proviene el conocimiento de las cosas futuras,
la inteligencia de los misterios, la comprensión de las verdades
ocultas, la distribución de los dones, la ciudadanía celeste,
la conversación con los ángeles. De Él, la alegría
que nunca termina, la perseverancia en Dios y, lo más sublime
que puede ser pensado, el hacerse Dios.
Señor
Jesús, tu que prometiste darnos el Espíritu Santo para
que nos lo enseñara todo y nos fuera recordando todo lo que nos
habías dicho, envíanos este Espíritu para que ilumine
nuestra fe.
Día
8
Amad a la Tercera Persona de la Trinidad Beatísima: escuchad
en la intimidad de vuestro ser las mociones divinas -esos alientos,
esos reproches-, caminad por la tierra dentro de la luz derramada en
vuestras almas; y el Dios de la esperanza nos colmará de toda
suerte de paz, para que esa esperanza crezca en nosotros siempre más
y más, por la virtud del Espíritu Santo.
Vivir según el Espíritu Santo es vivir de fe, de esperanza,
de caridad; dejar que Dios tome posesión de nosotros y cambie
de raíz nuestros corazones para hacerlos a su medida.
Señor,
Jesús, que prometiste enviarnos el Espíritu de la verdad
para que diera testimonio de ti, envíanos este Espíritu
para que nos haga tus testigos fieles.
Día
9
Podemos tomar como dirigida a nosotros la pregunta que formula el Apóstol:
¿no sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu
Santo mora en vosotros? (1 Cor 3,16), y recibirla como una invitación
a un trato más personal y directo con Dios. Por desgracia el
Paráclito es, para algunos cristianos, el Gran Desconocido; un
nombre que se pronuncia, pero que no es Alguno -una de las tres personas
del único Dios-, con quien se habla y de quien se vive.
Hace falta -en cambio- que lo tratemos con asidua sencillez y con confianza,
como nos enseña a hacerlo la Iglesia a través de la liturgia.
Entonces conoceremos más a Nuestro Señor y, al mismo tiempo,
nos daremos cuenta más plena del inmenso don que supone llamarse
cristianos.
Señor,
Padre de todos los hombres, que quieres reunir en una única fe
a tus hijos dispersos, ilumina a todos los hombres con la gracia del
Espíritu Santo.
Día
10
Para concretar, aunque sea de una manera muy general, un estilo de vida
que nos impulse a tratar al Espíritu Santo -y con Él,
al Padre y al Hijo- y a tener familiaridad con el Paráclito,
podemos fijarnos en tres realidades: docilidad, vida de oración,
unión con la Cruz. (...)
Es entonces también cuando vienen al alma esa paz y esa libertad
que Cristo nos ha ganado, que se nos comunican con la gracia del Espíritu
Santo. Los frutos del Espíritu son caridad, gozo, paz, paciencia,
benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia,
castidad: y dónde está el Espíritu del Señor,
allí hay libertad. (2 Cor 3,17).
Oh, Dios,
que con tu Espíritu llenaste la tierra, haz, que los hombres
construyan un mundo nuevo de justicia y de paz.
Oración
Final
Ven Espíritu
Santo,llena nuestros corazones y enciéndelos con el fuego de
tu amor.
Envía tu Espíritu y serán creados y renovarás
la faz de la tierra.
Quema, Señor, con el fuego del Espíritu Santo nuestro
cuerpo y nuestro corazón, para que te sirvamos con cuerpo limpio
y con corazón puro te agrademos.
Te pedimos, Señor, que nuestras acciones y las acompañes
con tu auxilio, para toda nuestra oración y nuestro trabajo comience
siempre en Ti y con tu ayuda lleguen a su término. Por Jesucristo
Nuestro Señor. Amén.
Los textos
de este Decenario del Espíritu Santo han sido tomados de los
libros de homilías del Beato Josemaría Escrivá

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